Cuando inauguramos la iglesia, matamos tres vacas y hubo fiesta PDF Imprimir Correo electrónico

Don Braulio Arauz nos cuenta en una plática su vida en San Dionisio

Con la tranquilidad de sus más de 80 años, encontramos a Don Braulio, sentado a la solera que da al amplio patio de su casa. “No sé si recuerde todo”, dice con voz fuerte mientras echa un vistazo a sus recuerdos. Pero minutos después sabemos que su memoria es excelente. Eventos, personas, fiestas, aspiraciones, dificultades pasan por su mente, y aunque dudaba “agarrando el viaje nadie paraba la carreta”.

 

Al inicio cuando era cipote aquí solo habían 4 casitas, la de Don Pedro González, la de Perfecto Toruño, la de Celso Trinidad Arauz y la de Don José Ángel Arauz, al pueblo le llamaban el espino Blanco” afirma señalando en dirección al camino a Esquipulas. “También estaba el Tamarindo que estaba donde ahora es el barrio Zinica” recordando un célebre árbol testigo del castigo a delincuentes y de la ejecución de enemigos en tiempos de guerra “Ahí ahorcaban” recuerda señalando con su dedo índice hacía arriba como si señalara el mismo árbol.

 

“Aquí había bosques por todos lados, era una zona bien verde. Madera preciosa, ceiba. pochote, laurel. Nunca faltaba agua”. Nos cuenta mientras pide a su nieta que le de comer a los cerdos que amarrados a la sombra de un arbusto reclaman comida. “Comenzaba a llover arrancadito Mayo hasta Noviembre, los ríos no se secaban. Nosotros somos los culpables. Cada vez que botamos un palo nos hacemos un daño. Por no cuidar los bosques, por no sembrar árboles estamos ahora con la sequia”.

 

La familia de Don Braulio Arauz llegó de San Rafael del Norte atraído por la buenas tierras “Uno venía sólo marcaba el terreno que quería y ya era suyo, nadie pagaba un peso por tierra. Casi sólo se producía granos, había poco ganado, del ganado criollo. No había cerca de alambre, sólo cercos de piedra y piñuelas”. Él no estuvo muy involucrado en la vida indígena pero recuerda claramente sus encuentros con la gente nativa del lugar. “Había muchos indígenas, eran desconfiados. Si los llegabas a buscar se escondían en las casas y no le permitían a las mujeres que salieran o que hablaran con extraños, y si hablaban con uno se tapaban la cara o te hablaban de perfil” – nos cuenta haciendo el gesto. “Las mujeres sólo se tapaban del ombligo para abajo y ahí las veías cargando cosas con una red que se ponían la frente”. Y sobre la comida agrega frunciendo el seño “…eran buenos a comer chile, a todo le echaban chile; el atol agrio lo bebían con chile a la cuajada le echaban chile, esas eran las costumbres”.

 

“Yo me crié ayudándole a mi papa con el ganado, no había mecate en aquellos tiempos y del cuero de vaca se hacían los cables para lazar el ganado y los zurrones para guardar los granos y cargar el maíz que se llevaba a vender a Matagalpa. Se salía a pie o en bestia por el camino de Piedra Colorada y Samulalí hasta salir por Santa Rita y Apante. Eran cuatro horas caminando rápido. Allá se vendía lo que llevabas de aquí y se traían otras de allá. Puro negocio”.

 

El cuenta que fue ahorrando “sus centavos” de la venta de cositas que sembraba. “Y así me di cuenta que un coronel (de la Guardia) de Managua vendía una finquita aquí por El Trapiche. Un amigo me dijo: ”Mirá Braulio, esta buena esa finquita, tiene café y se puede sembrar frijol“, hace un paréntesis para contarnos que el café llego a estas tierras unos 70 años atrás. Y prosigue “así fue que le hice la oferta al coronel y le ofrecí una parte por adelantado y otra que se la pagaba al año. Firmamos la escritura donde Armando Castro en Matagalpa. Y ahí comencé con la finquita. Me di cuenta que era buena para la caña y así montamos el trapiche, y me dije ¡aquí me las juego para hacer alfeñiques! Eso se hizo venta loca, venía gente que llevaba a vender a Muymuy, a Matiguás a Matagalpa. Al año ya tenía lista la otra parte para pagar la finca y él coronel sólo me veía asustado y me dijo - ¿cómo le hiciste para sacarle riales a esa finca si yo nunca le saqué un peso? ”.

 

La memoria de Don Braulio da para mencionar algunas personas importantes del lugar como: los primeros jueces Don Ronaldo Uriarte y Felix Hernández, Don Leandro Rayo y Beto Martínez que fueron los primeros alcaldes; a Siriaco Salgado, líder indígena vitalicio a cargo del cacicazgo. A Don Daniel Somarriba que presionó al gobierno para que desviaran la carretera que iba a Esquipulas y que pasara justo al lado del pueblo, a don David Arauz que trajo los primeros buses, y al Padre Vilchez… hace una pausa para secarse el sudor de la cara y limpiar sus anteojos.

 

“El padre Vilchez llegó aquí como en 1960, era muy laborioso el padre. A él se le ocurrió de construir esa iglesia, allí había una capilla vieja a la orilla de un cementerio antiguo y se encontraron huesos cuando estaban escarbando para poner las bases” recalca sintiendo con la cabeza. “Todas las familias de San Dionisio dieron cooperación para construir la iglesia. Esa se terminó en 1964, la gente recibió alegre la iglesia en forma de cruz, rara pero bonita! Cuando inauguramos la iglesia, matamos tres vacas y hubo fiesta toda la noche”, recuerda Don Braulio como si fuese ayer. “Para aquellos entonces también se celebraban las fiestas de Marzo a San José, duraban tres días con barrera y montadera de toros. También se tenía la costumbre de llevar imágenes religiosas a las comunidades. Los trece de mayo se celebraba la virgen María.”

 

“Pero ahora todo ha cambiado, se van perdiendo las costumbres, la gente ya no es como antes” asevera mientras da órdenes a los nietos que vuelven del campo montados a caballo, sudorosos y sucios. “Yo les digo a estos chavalos que tienen que trabajar fuerte porque todo está caro, que tienen que cuidar lo que tienen, que por andar despalando es que ahora estamos en esta sequía. En diez años va a ser más difícil la vida. Va a haber trabajo pero no va haber reales para pagar”, concluye mientras la tarde palidece y se prepara el fogón para preparar el café. Ahí lo dejamos sereno, sentado en su silla de plástico viendo entrar la noche y ordenando sus recuerdos alborotados por nuestra plática.

 

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