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Don Coronado de Jesús Zamora nos cuenta en una plática su vida en San Dionisio

En pequeño negocio cerca de la iglesia vive Don Coronado, es una casa a la antigua, de techo de tejas, de puerta amplia por donde entra el sol de la tarde. A su espalda hay una exhibición de astas de venados de distintos tamaños “no soy cazador – advierte - me las han regalado, sucios feos, pero un muchacho que trabaja la carpintería me las ha puesto bonitas”. Aunque aparenta menos edad Don Coronado asegura que ya cumplió 80 años y me muestra su cédula para convencerme y en efecto cumplió 81 el 12 de febrero 2010.

 

“Cuando chavalo, yo era un cipote come años, que no crece. Me mantenía descalzo jugando en la plaza que eran puros tacotales. Salían unos venadones enormes. No había calle, sólo monte y escoba liza. Habían unos pegaderos de carretas que trían madera del lado del portillo. Había una iglesia viejita, los pilares eran de granadillo, eran unos pilares enormes. Se cayó de vieja, pero como milagro de Dios cayó de noche. Y se decidió construirla nueva, había un padre tipo yankee, que le gustaba el deporte, le gustaba el boxeo. Todo mundo lo quería porque era bien popular.” Don Coronado hace una pausa para atender a un hombre que llega a solicitar cigarrillos.

 

Pero todo comenzó cuando llegaron de Darío buscando como mejorar sus vidas. Un negocio mal logrado los trajo al pueblo, más pobre de lo que habían llegado. ““Mi papa iba a comprar con otros una terreno al lado de las Cuchillas. Los otros se retiraron y mi papa para no tener problemas decidió dejar lo que ya había pagado. Y así venimos al pueblo. Nos dio posada Don Ernesto Rayo. Cuando llegamos San Dionisio era un vallecito más pequeño que Susulí. Mi papa le gustaba que anduviera con él en la huerta y así me crié yo trabajando. Viviendo ahí donde Don Ernesto nos dimos cuenta que salía la cegua. Cuando Don Ernesto oía los gritos de la cegua sacaba una cutacha se iba a seguirla, en medio de la noche. La seguía monte adentro y nunca la alcanzaba. La seguía y la seguía y la mujer sólo va risa. Nunca la alcanzó, ni la pudo ver.”

 

“Era un pueblo pequeño – nos cuenta del San Dionisio de su infancia -las casitas que habían era la de Don Ernesto rayo, la casa de tambo de Don Hipolito Ruiz, el telégrafo, la de Pedro Soza, la de Gilberto Toruño, la de Trinidad Arauz. También había una señora blanca, Doña Inés Rivas, de mezcla negra y tejas fue haciendo casitas que vendía barato. Ella decía… que gente más haragana que sólo hacen casas de paja… cada casa que hacía la vendía. Ella hacía chicha pero en el tiempo de la guardia era prohibido. Ella vivía presa porque se sospechaba que hacía también hacía cususa. Pero haya por monte verde si había un hombre que la hacía, Victoriano se llamaba, la hacía con miel de jicote que tiene mejor sabor. Don Victoriano era popular, cuando venía el inspector lo convidaba con latas de cususa y nunca lo tocaban. Pero a su muerte termino la producción de licor”.

 

En el San Dionisio del siglo pasado no había tanta rigurosidad con el gobierno municipal como nos cuenta Don Coronado, “cualquiera podía ser alcalde, estaban unos meses, un año, dos años. Si le caías bien a Don Daniel Arauz podías ser alcalde. Ya decía… Fulano va a ser alcalde, hay que pasarle la mesa y los papeles. Si querías ser alcalde sólo te pasaban la mesa. Nadie se quejaba de nada. No era con votaciones como ahora. Mi cuñado Sebastián Rayo fue alcalde, Don Laureano Martínez, Trinidad Arauz, Adolfo Escoto, era un chiquitín de Sébaco, Humberto Uriarte, Leopoldo rayo, que era familia de Sebastián, Manuel Díaz, que era de Muy Muy y le dieron la alcaldía a los quinces días de vivir aquí. También fue alcalde Pete Arauz, Toño Arauz, Don Manuel González…, ya para el tiempo de Manuel se puso una ley que exigía a los alcaldes que entregaran cuentas, a Don Manuel le fue duro, como no se llevaban bien las cuentas, con dificultades pagó, y desde entonces no era tan fácil ser alcalde”.

 

El trabajo en la huerta al fin rindió sus frutos y se dedicaron al comercio de granos. “Negociaba frijoles por el lado de el chile. Así fui organizando mi venta. Para la guerra yo tenía una venta aquí. No me moví, todo mundo me decía… Coronado, es que no te vas a ir? para qué, les decía yo, si me muero en el monte se van a dar cuenta hasta que miren los zopilotes, mejor me quedo aquí, para que cuando boten las puertas me vean que vivo solo. Al tiempo se apareció una gente con sus chopos y se llevaron saquearon todas las ventas, la Don Pedro González y Daniel Arauz. Yo tenía la venta bonita pero todo se lo llevaron”.

 

Don Coronado añora el San Dionisio de aquel entonces, “Antes los inviernos eran buenos. Los ríos eran bien caudalosos. Pero nunca se pensaba que por cortar un palo ahora íbamos a vivir en sequía. Ahora si tirás una moneda al fondo del río la ves desde largo. No nacía aquí pero yo amo por este pueblo. Me gusto el ambiente que había tierra para trabajar. Aunque no teníamos tierras era fácil alquilar”.

 

“Quiero a este pueblo mucho más de los que nacieron aquí. Yo me siento en San Dionisio bien seguro, me siento que no he hecho nada malo. Yo puedo dormir con las puertas abiertas y sé que no me va a pasar nada. Ya no espero nada, ya hice mi vida y ahora sólo a esperar lo que Dios quiere hacer con uno”.

 

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